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20.07.2012 | Bypass gástrico

“Me operé como último recurso”

Frida (60) llegó a pesar 128 kilos y su vida estuvo en grave riesgo. Cuatro años después, cuenta cómo hizo para “salir de ese cuerpo” y volver a bailar.

Mariana Perel / Especial para Clarín Mujer
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Hasta hace cuatro años, el cuerpo de Frida de Marein (60), de sólo 1.55 metros, soportaba 128 kilos de peso. Se estaba, dice, “dejando morir”. Y lo sabía. Ya no tenía opciones: había padecido una vida de dietas para nada. Aunque no siempre fue así.

Criada en una familia donde se celebraba el buen comer, de pequeña tenía algún sobrepeso y debía cuidarse, pero no más que eso. A los 22 se casó con Luis (62), su marido desde hace 38 años; juntos concibieron tres hijos: Dan (38), Gadi (35) y David (29). En cada embarazo, Frida ganaba 25 kilos de los que le resultaba casi imposible desprenderse. Bajaba un poco para después volver a engordar.

El sobrepeso, entre dieta y dieta, solía rondar los 30 kilos, un exceso que no le impedía jugar al tenis, caminar, vestirse divinamente. “Pero cuando hacía dieta sufría porque me faltaba la comida, que era mi adicción: para mí no existía un plato vacío. Ni el mío ni el de nadie. Tenía la necesidad de llenar y llenar, aunque yo intentaba llenar algo que no tenía fondo. No conocía la sensación de saciedad. Y cuando dejaba la dieta, porque me cansaba bajar solo ocho kilos en tres meses, sentía una tremenda frustración. O sea: vivía en un estado de angustia constante”, cuenta.

Obesidad mórbida

La vida de Frida transcurría entre los 30 kilos de más, esa angustia por las dietas inútiles y la frustración por abandonarlas, cuando, hace ya siete años, recluida en su casa preparando la inauguración de la empresa de productos gourmet que hoy dirige con su marido, empezó a engordar de manera notoria. Engordaba, engordaba, y llegó a subir 60 kilos más. Así alcanzó el límite: 128 kilos. “De pronto no podía moverme, tenía una discapacidad absoluta. Lo único disponible era mi cerebro y era un cerebro quemado, engordado”, describe y recuerda.

Un año después, cuando consiguió inaugurar la empresa, Frida salió a la calle; recién entonces tomó verdadera conciencia de su estado: “Caminaba tres pasos y tenía que parar. Una cuadra, para mí, era como subir al Everest. Tenía que detenerme para poder respirar, me faltaba el aire, no podía hablar. Yo ya era una discapacitada, pero no me había dado cuenta. Sería porque tengo una familia que siempre me amó, y porque tengo un marido que siempre me amó. Cuando nos acostábamos y me hacia el amor, yo no podía moverme. Él hablaba de la suavidad de mi piel, de mi belleza. Eso es hermoso, pero en algún punto, tanto amor tapó la conciencia. Mis tres hijos, que en esa época vivían conmigo, tampoco me hacían notar los 128 kilos. Querían que participara de las fiestas, nunca sentí que los avergonzara”, recuerda.

El que reaccionó fue David, el menor, el único de sus hijos que había tenido sobrepeso durante la infancia y la adolescencia, y que había adelgazado sin ayuda de nadie. En aquel entonces, David empezaba a estudiar medicina, conocía los riesgos de la obesidad. “Él tenía cara de susto y cada vez tenía más cara de susto”, relata Frida.

Después de su salida a la calle y la toma de conciencia de su “obesidad mórbida” -una nomenclatura que se define por llegar a 40 en la tabla del índice de masa corporal- decidió operarse: necesitaba desesperadamente una solución. Su prepaga le cubría los gastos, así que en setiembre de 2006, en el sanatorio La Providencia, entró al quirófano para que le pusieran un cinturón gástrico. La función del cinturón es impedir que los alimentos entren indiscriminadamente al estómago, es un límite. Pero “yo seguía sin sentir ninguna saciedad, comía y vomitaba, porque mi estómago no podía recibir más comida. Si comía cuatro cucharitas de sopa, a la quinta vomitaba. Esto provocó en mi familia un miedo terrible. Para colmo, el cinturón se rompió dentro mío. Fue un desastre. Con 80 kilos de más y este fracaso, pensé: me muero. Ya no tenía más fuerzas”, lamenta.

Entonces, David le imploró que fuera a una entrevista con uno de sus profesores. Uso un lenguaje muy claro y directo. “Me dijo: ´mamá, por favor, vayamos a ver al doctor Héctor Mandó porque sino te vas morir, y yo no quiero quedarme sin mamá´. No tuve más remedio que aceptar”, admite.

Mandó también utilizó un idioma frontal: “Usted está en el límite, todos los síntomas que hoy padece (hígado graso, azúcar en sangre y colesterol alto) mañana serán enfermedades irreversibles. Si no baja de peso, se muere”, le dijo. Frida argumentó entre llantos que ya no podía más. “Hice todo lo que usted imagina, hasta me operé. Porque si hay algo que a mi me importa es vivir, aunque no lo parezca. Soy deportista, me gusta vestirme bien, amo a la gente, pero me convertí en ésto y ya está: no puedo salir de este cuerpo”. Entonces, Mandó le explicó que ella no era la que había fracasado, sino el tratamiento del cinturón gástrico. Y le mencionó la otra operación posible, la del bypass gástrico. Hasta tenía la ventaja de que OSDE, su prepaga, también le cubría todos los gastos.

Decisión tomada

“Salí del consultorio y vi una luz, una esperanza. Llegué a casa, reuní a la familia para contarles que mi decisión estaba tomada. Salvo David, el resto temblaba de miedo, aterrados por el fracaso de la operación anterior. Una vez que entendieron de qué se trataba, me apoyaron absolutamente. Yo, en cambio, nunca tuve miedo. Igual, estaba preparada para morirme; y prefería morir rápido en la sala de operaciones que por un lento deterioro”, asegura.

La condición para operarla era que bajara diez kilos. Diez kilos que para los médicos implicaban un riesgo quirúrgico. “Me costó mucho adelgazar, la cabeza me traicionaba. Tardé dos meses. Además, el último tramo es a líquido puro durante dos semanas, algo difícil, muy difícil. Yo creo que los médicos te piden que bajes no sólo por el riesgo quirúrgico, sino para medir el compromiso del paciente. Tenés que estar dispuesto a dejar de comer. Tu estómago queda del tamaño del estómago de un bebé. Hay que poder aceptar ese estomaguito. Hay que ser capaz de empezar de nuevo”, propone.

Al fin, la saciedad

La operación del bypass gástrico se hizo en noviembre de 2008 en el Hospital Austral. Frida tenía diez kilos menos y experimentaba, después de mucho tiempo, una sensación inédita: saciedad. “A diferencia de la otra operación en que me habían colocado el cinturón, esta vez era mi propio estómago el que me decía que estaba satisfecha. Y mi cabeza recibía esa señal y todo gracias a la medicina”, recuerda.

Pasados cuatro años de la operación, Frida no habla desde la euforia, sino desde la experiencia. “La novedad es que no tenía hambre, así empecé a adelgazar. Ya no me importaba dejar comida en el plato. Aprendí a ir un restorán y pedir un solo plato, o compartirlo”.

Durante el primer año, después de la operación, Frida bajó 31 kilos. “El gran cambio fue volver a caminar. Caminaba una cuadra, otra, y de repente me daba cuenta de que había llegado al parque Urquiza. Los pantalones se me caían. Me empezaron a regalar ropa porque bajaba rapidísimo, cambiaba de medida todo el tiempo”, se entusiasma.

Su relación con la comida se modificó radicalmente. “Siempre me fascinó cocinar. Antes era una tortura porque dejaba la cocina con uno o dos kilos más. En cambio, ahora cocinar es una fiesta. Mi cocina es mi atelier porque también es mi lugar de trabajo, donde invento mis productos. Es como una paleta en la que despliego mi creatividad, y ahora sin ninguna culpa”.

Volver a bailar

Frida se encuentra a seis kilos de los 62, su peso ideal. “Eso ya no es un dolor de cabeza, no me toma la vida. Yo empecé a trabajar mejor porque la parte del cerebro que estaba ocupada angustiándose por la dieta se desocupó y empezó a llenarse con otras cosas. Esta operación fue un ejemplo de amor por la vida. Claro que repercutió en mi familia, en mis amigos, en un montón de personas. Es increíble lo importante que es para la gente que te ama pasar de verte sentada, porque no te podes mover, a que vuelvas a ser la Frida que baila”, comparte. Y el ejemplo: ella fue la primera del club en operarse -es socia del Club Bouchardo- y ya cuatro de sus amigas siguieron sus pasos y también se operaron.

Frida observa que muchas de sus amigas están preocupadas por las arrugas; ella, en cambio, se siente una piba: “Estoy feliz. Mi cirugía no tuvo que ver con la estética, sino con la calidad de vida. Calidad de vida es caminar, jugar con mi nieto Joaquín debajo de una mesa. Estar sana. Mas de una vez me reciclé, pero este último reciclado fue el más fuerte de todos. Funcionó, a Dios gracias, porque era mi último recurso”.

Lo que hay que saber

QUÉ ES EL BYPASS GÁSTRICO

Oscar Brasesco, director del Primer Programa de Cirugía Bariátrica de la Argentina, explica: “El estómago tiene entre dos y tres litros de capacidad. Por esta operación se crea un estómago más chico -de unos 15 a 30 centímetros cúbicos de capacidad- que procesa los alimentos y manda la señal de satisfacción al cerebro”.

QUÉ ES EL CINTURÓN GÁSTRICO

El doctor Alberto Cormillot explica en su página web: "es una banda gástrica alrededor del estómago, que se infla comprimiéndolo hasta que queda como un reloj de arena: una parte superior más pequeña, y un pasaje estrecho hacia la parte inferior (...) El resultado es más saciedad con menos alimentos".

LEY DE OBESIDAD

Es la 26.396 y rige desde junio de 2008. Define a la obesidad como una enfermedad y un problema de salud pública. La ley incluye los tratamientos para bajar de peso en el Programa Médico Obligatorio (PMO), por lo que el sistema de salud pública, las obras sociales, las mutuales y las empresas de medicina prepaga deben hacerse cargo de los tratamientos y alternativas quirúrgicas como la “manga gástrica” y el bypass.

PALABRA DE EXPERTO

En diálogo con Clarín Mujer, el doctor Cormillot destacó la importancia de que la ley incluya las cirugías. “Si bien en nuestro país el porcentaje de personas con sobrepeso u obesidad es del 53%, se estima (ya que no hay datos oficiales) que aproximadamente un 5% de ellos sufren obesidades que no se resuelven con tratamientos clínicos. Son personas de más de 120, 130 ó 140 kilos”. Según los censos del 2005 y 2010, la obesidad creció un 1% por año. En otras palabras, unas 400.000 mil personas se vuelven obesas en el transcurso de cada año.

Direcciones útiles

Hospitales públicos donde realizan el bypass gástrico:

* Hospital Argerich: Pi y Margall 750, La Boca, Ciudad de Buenos Aires. Teléfono: 4121-0700 / 0800

* Centro Municipal de Obesidad Dr. Alberto Cormillot: Bailén 2060, Pablo Nogues, partido de Malvinas Argentinas. Teléfono: 4469-9600.


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