• Malena Gennoni Leo Vaca / Clarín
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12.01.2012 | Primera persona

Desorientación vocacional, una marca de época

Malena Gennoni abandonó la carrera de Periodismo cuando advirtió que “no era lo suyo”. Ahora, sabe cuál es su vocación, pero dice que “eso no se estudia”. La deriva vocacional, un rasgo de la identidad juvenil.

Sissi Ciosescu / Clarín Mujer
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Frente a un hijo que termina el secundario a los saltos, apuntalado por los cuatro costados con profesores particulares, psicopedagogos y psicólogos ¿qué pueden hacer los padres? ¿Cómo actuar ante un adolescente de 17 años? El chico no tiene la menor idea de lo que quiere seguir y puede decir: “No sé qué estudiar… todo me gusta pero nada me copa” o, simplemente, “Nada me gusta; y no me gusta estudiar”.

Hasta no hace demasiado, había una respuesta con la forma lógica y lapidaria de un condicional: “Si no estudiás, entonces trabajás”. Pero hoy el mercado laboral tiene las puertas blindadas para más de una franja, como por ejemplo, la de los jóvenes.

 

Ayer, hoy y ¿mañana?

Cuando era un lujo ir a la escuela pública y el planteo de la orientación vocacional aparecía como un cuestionamiento de elite, a los chicos les hacían la pregunta del millón: “¿Qué querés ser cuando seas grande?” Ellos respondían “bombero” y ellas, “maestra”. Más tarde, elegir una carrera era dar un paso más, sin hacer mucho alarde: estaban las tradicionales universitarias y las otras -unas pocas para los que se atrevían a contrariar mandatos-. Y si a alguien se le ocurría confesar “No sé qué voy a seguir”, le pegaban la etiqueta: “Éste no sabe lo que quiere”.

La obligación de decidir a los 17 pendía sobre la cabeza como la espada de Damocles. Aquellos que sentían -desde pequeños- la chispa divina de la vocación, tenían “resuelta la vida”. Eran épocas en que uno pensaba “para toda la vida”, en términos del “para siempre me caso” y “para siempre seré médico”. “Abandonar” abogacía significaba desertar, clavarse un puñal y desangrarse. “Cambiar” por odontología era desafiar el “qué dirán” y solo unos poquísimos valientes daban el golpe de timón. Hoy, los muchachos y muchachas -en su mayoría, aunque sin generalizar- no temen mandatos, se vinculan con los padres de otro modo, tienen cientos de carreras nuevas, emergentes de necesidades inéditas y prueban, “qué onda, qué me pasa como estudiante de tal o cual carrera y, si no es para mí, la dejo”. No se sienten en pecado mortal si no complacen las expectativas de la familia, van más livianos de complejos y son más libres en un sentido. Pertenecen a la generación que sabe que lo único que permanece es el cambio y que la vida a los 17, es una caja de bombones: se elige uno, se prueba otro y nadie obliga a comer siempre el mismo.

 

Razones y argumentos

Algo parecido ocurre con los llamados vínculos “líquidos” -detectados por el sociólogo Zygmunt Bauman, quien instaló el debate sobre la fragilidad de los afectos- y el compromiso con la responsabilidad de “ser alguien”. ¿Son más felices? Son distintos. Muchos sienten la frustración cuando advierten que se equivocaron y tienen que volver a empezar con otra cosa y otro primer año. Pero al menos tienen agallas para no apegarse al error. Aquellos días en que te sacudían con un “lo que se empieza se termina” son historia antigua. La contemporánea registra temblores, inseguridad, vértigo, pérdidas y rupturas. “Nada asegura que estudiar me garantice algo si mis viejos -son médicos- se mataron y se matan estudiando y trabajando y todavía cuentan las monedas”, dice Julián (24) que va por su tercera carrera terciaria.

Ezequiel (26) fundamenta su argumento con datos que los argentinos no olvidamos: “Tenés que tener un título para estar protegido y enfrentar la vida con más herramientas -dice mi viejo que es ingeniero- aunque a él lo agarró el Rodrigazo, la ley 18.188 y el corralito…”. Las voces se reiteran en clave de desencanto: “Si el dinero es poder y el poder mueve al mundo, ¿por qué no nos enseñan a ganar dinero y a hacer buenos negocios?”, dice Julieta (18), estudiante de marketing.

“¿Cultura general? -ironiza Mariano (25), estudiante crónico de veterinaria- ¿Para qué? ¿Para ganarte un millón de pesos con Susana Giménez? ¡Si cuando vas a buscar laburo no te preguntan quién pintó la Gioconda!”…

En este panorama, y diferenciándose de los razonamientos más pragmáticos, hay casos como el de Silvina (23), que hizo muchos intentos hasta que encontró su vocación: “Antes que una profesión que me diera seguridad económica -y no porque no necesite el dinero- yo buscaba una carrera que una vez recibida, cuando me tocara ejercer, me hiciera sentir bien. No quería recibirme para tener un título. Probé con Ciencias de la Comunicación, Periodismo, Publicidad y hasta Letras. Después de un tiempo me bajé de cada una. Al final, entré en el Profesorado de Nivel Inicial en UCES (Universidad de Ciencias Sociales y Empresarias). Seré maestra de nivel inicial para jardín y jardín de infantes. Me encanta estar con chicos, cuidarlos. Hoy no tengo dudas: eso es lo que quiero”.

 

Un testimonio original

El caso de Malena Gennoni (19) tal vez no sea el de “desorientación vocacional” sino el de alguien que busca una carrera que, según cree, no está formalmente instituida. Completó su secundario en 2009 un colegio católico de Paso del Rey -en GBA- y confiesa haber sido vaga para estudiar: “Vaga, muy vaga, pero no era de las que se llevaban mil materias, sino dos o tres, que rendía en diciembre. Nada fuera de lo común. Cuando egresé me hice un test vocacional porque estaba nublada, no había nada que me llamara la atención. No sé si fue de gran ayuda, pero al menos me hicieron dar cuenta de que no servía para la UBA -estoy acostumbrada a que me pauten todo- y me dieron una franja de cuatro o cinco carreras… Me dijeron comunicación para tirarme al periodismo o la publicidad y me interesó esta última. Fui a un par de charlas en la UADE (Universidad Argentina de la Empresa), me gustó y me cerró cuando hablé con algunos publicistas. Pero hice un año y medio y dejé en julio”.

No es que se la vea radiante de felicidad pero tampoco sus gestos denotan un gran bajón. Y sigue: “Justo las materias que más tenían que ver con la publicidad, eran las que menos me interesaban. ¿Para qué hacer algo por hacerlo? Ahora me estoy tomando una pausa a ver si encuentro algo… ¡A mí me gusta mucho el fútbol, pero es difícil estudiar algo relacionado con este deporte…! Mi papá fue jugador y después representante de futbolistas y, de hecho, eso no se estudia. Es una actividad de contactos y experiencia. La mayoría de la gente que se dedica a esto no es licenciada en administración. Además, es algo pasional… Los que se pudieron ir metiendo, llegaron. Papá falleció y mamá me banca, lo mismo que mis hermanos. Tengo una hermana mayor y cuatro hermanos por parte de papá”.

Malena se inscribe en la clase media-alta y no tiene las urgencias económicas de otros jóvenes. En su relato dice algo interesante: “Cuando terminé el colegio, no me pasaba nada con ninguna carrera… Ahora tampoco. Yo creo que a los 17 no todos saben qué quieren; sos muy chico, te cuesta hacer una proyección a futuro… ¡Pero yo siempre sentí pasión por el fútbol! No me siento mal por haber dejado la carrera y estoy muy segura de la decisión; pero no la empecé pensando ‘por ahí la dejo’. Entonces aparece el fantasma del miedo. Miedo por no saber lo que viene después; miedo de no encontrar algo que me guste. Porque lo que busco no se estudia… Miedo es lo que siente la mayoría de nosotros. Y la sociedad te presiona: ‘Tenés que estudiar y lograr un título’. Con mis amigos también hablamos del tema dinero. Algunos dicen ‘esto me gusta, pero ¿si cuando me recibo me muero de hambre?’. Ahora estoy yendo a la psicóloga y me compré una guía del estudiante para ver carreras más relacionadas con lo deportivo. Además, quiero integrar un equipo de fútbol femenino; aunque me interesa el negocio, es una punta. No me importa que no haya muchas mujeres representando futbolistas ni lo que piensen los demás. Estoy abierta a que me sorprenda cualquier negocio que tenga que ver con el fútbol. Y acá no tengo miedo: sé que para el fútbol sirvo.”

 

Presunciones sin la bola de cristal

Convengamos que saber lo que uno quiere, elegirlo y responsabilizarse de la elección, es un gesto de madurez. Y que a la madurez se llega -casi siempre- a ritmos diferentes. El llamado adulto, aun maduro, no está exento de haberse equivocado de carrera y eso explica por qué en muchos centros vocacionales hayan anexado un área de re-orientación vocacional/laboral para adultos. Otra cuestión para remarcar es la diferencia entre “encontrar” y “buscar”: las marchas y contramarchas en afán de “encontrar lo que me gusta” le dan al factor suerte una entidad desmedida. Hay que salir a “buscar lo que me gusta” -no a encontrarlo por azar- y trabajar diseñando el camino que también tendrá sus piedras, curvas y contramanos. Pero será un “plano o plan de acción” propio y consciente.

Por otra parte, la cuestión de la salida laboral es un estigma para los jóvenes de familias de escasos recursos, quienes deben estudiar y trabajar al mismo tiempo. Estos chicos no tienen mucho margen para la indecisión y es el contexto de necesidad lo que los lleva a optar por lo que dé dinero, orientándose por carreras tecnológicas. Un cambio sustancial radica en comprender que la orientación vocacional no se resuelve al hacerse un test. Se trata de un proceso, que lleva su tiempo y metodología. Hay varios centros -en su mayoría privados- que se dedican a acompañar a los jóvenes en esta elección. Por otra parte, no hay que apuntar a la infalibilidad en los resultados, sino a la utilidad de autodescubrirse durante los procedimientos de búsqueda.


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