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11.05.2011 | Relaciones virtuales

El tecno-levante

Hoy, las conquistas amorosas comienzan, transcurren y ¿avanzan? muchas veces vía mail, chat, Facebook y mensajitos de textos. Según el psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin, las tecnologías se han vuelto verdaderas "máquinas de la esperanza" en el terreno afectivo y son generadoras permanentes de ilusiones y frustraciones. Qué ocurre a cada edad y cuál es el destino de estos vínculos marcados por sellos que los igualan.

Walter Ghedin
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El uso de los medios tecnológicos en la conquista amorosa se ha instalado con peso propio y, según parece, ha llegado para quedarse. Nadie se sorprende cuando escuchamos: "lo conocí por Internet", "nos enviamos mensajes todo el tiempo" o "adivinó mi contraseña, se metió en mi casilla de mail y se pudrió todo".

La vida moderna de relación requiere de algún "aparato" en medio de los vinculantes. Es posible que el uso del la tecnología en el cortejo amoroso de los jóvenes tenga sus particularidades respecto a los adultos. Los primeros escarceos, aunque no exentos de pasiones y sufrimientos, gozan de espontaneidad, inocencia, y cuando "la cosa no va", es viable darse otra oportunidad sin sentir que la urgencia del tiempo y las presiones de género condicionen los nuevos encuentros.

La adolescencia o los adultos jóvenes impulsan los contactos sociales vía Facebook o twitter: comparten mensajes, vivencias y multiplicidad de fotos. La tecnología sirve para fomentar la pertenencia al grupo. Pero el escenario no es el mismo para los adultos medios (promedio entre 35 y 45 años); un ejemplo: mujer sola o separada conoce a hombre de edad similar o mayor, con una vida hecha, de apariencia sólida, encantador, con gestos de romanticismo y caballerosidad. Los primeros contactos son vía Chat o servicios telefónicos de encuentro. Pueden pasar varios meses de charlas, de confesiones mutuas, de una apertura al otro poco habitual si se compara con las relaciones cara a cara, pero frecuentes con los nuevos medios tecnológicos. La conexión virtual provoca una especie de confesión narrada con todo detalle, y por qué no, de honestidad brutal. El discurso que se comparte de ambos lados está plagado de sufrimiento: parejas anteriores mal habidas, hijos indiferentes y padres desencantados. La similitud discursiva es sorprendente.

La conquista de los treintañeros largos y los cuarentones se basa en destacar la historia más desgraciada que les ha tocado vivir. El desencanto por la vida vivida y la posición asumida de "víctimas del destino" tiene un atractivo asombroso. No todo está perdido. Una luz se abre en el horizonte. Por fin Dios, o quien sea, posó sus ojos en ellos abriendo una esperanza. Es notorio cómo la indefensión, y por qué no, el desamparo, se instala en el imaginario de los vinculantes movilizando rápidas acciones de comprensión y ayuda. Y en este punto hay diferencias entre hombres y mujeres. Ellos, a pesar de las necesidades afectivas, defenderán su individualidad, los espacios propios y "la paz" ganada a costa "de mucho sufrir". En cambio muchas mujeres reaccionarán desde las ganancias conquistadas: trabajo, autonomía, vida propia; aunque por lo bajo, los intereses de género, demanden ser saciados con urgencia: sumisión, flexibilidad para ceder con tal de sostener la relación y dar respuesta a la tan valuada maternidad.

El ligando de la reciprocidad "compartida" tiene dos caras: por un lado el desencanto por las relaciones afectivas anteriores, y por el otro, la esperanza que se vuelve a encender. La comunicación por estas nuevas vías revierten las formas tradicionales del primer contacto. Si antes el amor a primera vista surgía de la apariencia física (no necesariamente bella), hoy es lo último que se conoce. Está bien que hay fotos y videos que pasan de un lado a otro, pero el contacto real termina por integrar la imagen que se tiene del partenaire virtual.

Hay en el encuentro "tecnofílico" de los adultos una vivencia de re-creación de la conquista adolescente. Una necesidad imperiosa de recuperar la intensidad de lo perdido. El cortejo amoroso virtual puede ser tan rico y prometedor que lo que viene después, por lo general, no está a la altura del mismo.

Por Walter Ghedin, médico psiquiatra y sexólogo.


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