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08.06.2012 | Placer de a dos

La posición del misionero

Las encuestas la ubican como la pose obligada, la más conservadora, la del inicio. Es la pose “moral” por excelencia, no sólo por el nombre, sino porque permite el encuentro cara a cara, el beso intenso (o desabrido) y  la entrega sexual más “humana”. Los detalles de un clásico de la cama y consejos para gozar al máximo.

Dr. Walter Ghedin
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Ya lo dijimos. Es la tradicional, la básica, la que ubica a las “otras” que compiten por los primeros lugares (“la del perrito o pompeyana” y “el 69”) en la categoría de “formas animales”, más primitivas y dignas de trogloditas desaforados.

Dicen que lleva el nombre de “misionero” porque los religiosos que llegaron a América para cristianizarla se encontraron con indígenas que hacían el amor “como animales”, reproduciendo la clásica pose “en cuatro patas”. De ahí su nombre de “misionero”, de ahí también la impronta decorosa, moralizante, condición necesaria para la procreación como objetivo único de toda relación y, por qué no, marcar a fuego los roles obligados: el hombre activo y dominante, la mujer pasiva y sumisa.


Rompiendo mitos

Considerándola como una forma de encuentro sexual, despojada de toda connotación, la posición del misionero tiene con qué defenderse. Por supuesto, como a todas las cosas “hay que ponerle onda”, sino puede convertirse en la más aburrida e irritante. Y no vale fingir.

En la pose del misionero la mujer está abajo con las piernas entre abiertas y el hombre se vuelca sobre ella, manteniendo cierta distancia para no volcar todo el peso, quedando cara a cara. La posición le da más libertad en los movimientos al hombre, de ahí que muchas mujeres se pregunten: ¿y yo qué hago? A no frustrarse, hay variantes:

-Ante todo, se deben disponer los cuerpos de manera activa. De nada sirve generar variantes con cuerpos pasivos, sin energía. Hay que buscar, proponer, buscar el encastre placentero. Hay que hacer hablar a los cuerpos. El movimiento es sabio.

-Colocar una almohada en la zona lumbar permite tener más movimiento y no sentir que te hundís en la cama o en el sitio que elijas para hacer el amor.

-Mover las caderas hacia arriba o abajo, o bien hacer movimientos de rotación, apretando el pene con las contracciones vaginales.

-Podés jugar con las piernas extendiéndolas, haciendo presión en el pene, o bien alternar con movimientos de extensión y flexión.

-Si preferís el contacto cercano cara a cara, los besos o el susurrarle en los oídos puede ser muy excitante.

-En otros casos la presencia tan cercana del otro, el sudor, el calor que exhalan los cuerpos, puede ser un factor que molesta. Ustedes sabrán cómo ubicarse para logar comodidad y más placer.

La posición del misionero precede a las demás. Cuando comienza el juego amoroso, con vistas a un encuentro erótico, los cuerpos se disponen casi espontáneamente buscando esa posición. Es una manera inconsciente de decir “somos humanos, nos miramos, nos descubrimos, nos queremos, nos elegimos, nos calentamos”. Después vienen las demás. No se olviden: hay que variar. Todas las posiciones tienen sus virtudes, algunas favorecen más a los hombres (el misionero), otras a las mujeres (la mujer arriba), y otras son más democráticas (el 69). En fin, hay que buscar, probar, cambiar, y por sobre todas las cosas, disfrutar. 


Dr. Walter Ghedin. Médico Psiquiatra y sexólogo.

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