17.05.2012 | Los límites del Voyeurismo
Mirar al otro, un estímulo que puede pasar a ser compulsión
Los sexólogos dicen que estas conductas, si son consentidas, enriquecen el juego.
Antonela De Alva - Clarín / VIDA COTIDIANA
Hay quienes disfrutan de la exhibición y hay quienes disfrutan mirando. El voyeurismo, que bien puede confundirse con el exhibicionismo, se refiere al famoso mirón. “Se trata de personas que buscan la excitación sexual mediante la observación a escondidas de gente desnuda o que está practicando el acto sexual”, explica María Elena Villa Abrille, psicóloga y sexóloga clínica, miembro de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH). Cuando está práctica llega al límite, es decir, cuando esta necesidad se vuelve compulsiva, va acompañada de la masturbación y se convierte en una parafilia. Todos disfrutamos de mirar y ser mirados, el problema aparece cuando sólo se obtiene placer espiando. “Se pueden tener rasgos voyeur”, explica Villa Abrille, y no sufrir la enfermedad.
Partamos de la base de que “la mirada del otro es un espejo frente al cual se construye nuestra sexualidad. Sin la mirada del otro, no existimos. Pero lo que caracteriza al voyeurista es un fuerte componente compulsivo e irrefrenable”, agrega Patricio Gómez Di Leva, sexólogo, miembro de la SASH, y autor de la columna Juguetes Sexuales en el programa Negrópolis de Rock & Pop.
No todos se excitan con lo mismo ni de la misma forma. Los deseos y las fantasías son muy diversos. Aquellos que observan el cuerpo de una mujer desnuda, miran fotos eróticas, acuden a la pornografía o a los shows para adultos no son voyeuristas. Estas actividades “pueden ser un eficaz ingrediente para favorecer fantasías”, aclara Villa Abrille. Sentir placer en mirar, ser mirado o al tener relaciones en alguna situación no convencional, “puede ser un muy buen recurso para enriquecer nuestros encuentros sexuales”, suma Di Leva.
Los que tienen apenas unos rasgos de voyeur pueden disfrutar de la transgresión, de la situación al límite, de la posibilidad de ser vistos por alguien, como si estuvieran jugando a las escondidas. “Muchas parejas necesitan adrenalina para disfrutar el sexo porque, a veces, hay mucha represión y culpa en el disfrute”, agrega Susana Rasinsky, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Desde el psicoanálisis, lo que aparece entre los voyeuristas y los exhibicionistas son las mismas tendencias. “Los voyeurs quedan fijados a las experiencias que provocaron la angustia de la castración, y buscan repetir situaciones que niegan su miedo. Como no se logra la satisfacción, crean una actitud de insaciabilidad”, asegura Rasinsky.
Ver cómo dos amantes se besan en la vía pública, seguir a una pareja para luego masturbarse, observar como dos personas se desnudan, que pueden ser familiares y pagar para poder ver como dos seres humanos hacen el amor, son rasgos típicos del voyeurista.
Lo más habitual es el voyeurista que “utiliza prismáticos para observar a través de las ventanas de los edificios, y también los que miran por las cerraduras de las puertas, o los que se las ingenian para utilizar cámaras que colocan en lugares donde otros tienen intimidad”, desarrolla Di Leva.
Si se trata de no perder la flexibilidad ni de empobrecer la sexualidad, hay que tener en cuenta que ninguna práctica debe volverse compulsiva. Hacer uso de algunos rasgos voyeuristas puede alimentar nuevas fantasías y enseñar técnicas nuevas, si se quiere, a una pareja. El límite está cuando se pone en peligro el propio cuerpo, cuando se transgrede la norma social o uno se somete al deseo del otro sin que, de verdad, quiera realizar esa práctica. Una cosa es tener rasgos de voyeur y otra, hacer de esto una conducta compulsiva e irrefrenable.
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