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03.02.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

Carnaval en casa

Una cita semanal con el personaje creado por Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Para principiar febrero con el pie derecho, Lily Kharma le comunicó a su hermana que viajaba a los carnavales de Gualeguaychú a incorporarse a la Comparsa Marí Marí, la más célebre y con treinta años de experiencia. Aún más: Marí Marí había dado en el 2011 la reina del carnaval, una porteña que estudiaba abogacía en la UBA… ¿Por qué este año no podía ser Lily la reina? ¿Qué tenía ella que Lily no tuviera? Esperaba que la integraran como pasista y su traje sería de sirena, porque este año Marí Marí estaba dedicada a la temática del agua.

Ya estaba ensayando en su casa (justo antes de que su madre se volviera a instalar con su prometido, Coco) el repertorio completo de los Wawancó para deslizarse por el Corsódromo. Sin embargo, Lily necesitaba la ayuda profesional de Caty, ahora abocada a vestuario teatral pero desde que la madre la enviara a tomar un curso de Corte y Confección en el Hogar Obrero a los nueve años, no hacía otra cosa que coser. Por eso llevó su cola de sirena verdemar y dos lentejones (el corpiño) al depto de Caty, para que le cosiera.

Ay, ay, de Caty la costurerita que sólo daba malos pasos porque los buenos los hacía Lily culebreando con lentejuelas en las caderas y al son de Los Wawancó y del Cuarteto Imperial. Caty tenía que ajustar los lentejones que iban sobre un corpiño de tansa y que tapaban exactamente los pezones de la hermana, o como le llamaban, “los piquitos”. Caty estudió con atención los cuatro hilitos que conformaban el brassier y se aplicó a coser. Mientras lo hacía, Lily, con traje de Eva, se zarandeaba y gritaba a viva voz: “Voy a empezar mi relato con alegría y con afán/ en la población de Plato/ se volvió un hombre caimán”.

Al cabo de una media hora, la obra en construcción de enfrente se detuvo. No, no se trataba de que el hormigón no sirviera, los ladrillos no apilaran, la plomada fuera falsa o los andamios se tambalearan de pura inseguridad. No: los albañiles se habían detenido y formaban uno al lado del otro, en el último piso construido para ver a Lily bailar y cantar como Dios la trajo al mundo. Error: Dios no la pudo haber traído al mundo, corrigió Caty, tuvo que haber sido un demonio o un ángel medio confundido como Azazel, el que introdujo la cosmética y las armas blancas entre los hombres. “Lily”, la conminó Caty, “los albañiles de enfrente te miran y chiflan, ¿no deberías…?” Lily se llevó una mano al pecho y sus labios se redondearon en un Oh de sobresalto. Caty pensó que iría a cubrirse con un toallón. No: Lily abrió la ventana de par en par y tiró besos a los tipos: “¡Mi público!”, gritó. Caty se pinchó todos los dedos tratando de concentrarse entre las guarradas que gritaban los tipos al otro lado. Pero lo peor fue cuando uno de ellos lanzó: “Decíle a tu mamá que salga a bailar también”. Sí, sí: se referían a la propia Caty a la que habían visto pasar tomando las medidas del busto de la descocada de Lily. ¡¡Creían que era la madre de su hermana, a la que apenas llevaba once meses!! Caty quiso tragarse las agujas o colgarse del techo con la tansa. Lily ni se percató de la pesadumbre de su hermana, se limitaba a saludar a los albañiles con la mano en alto, como si ya fuera reina de la comparsa. Ellos la alentaban: “¡Otra! ¡Cantate otra!”

Caty se encerró en el baño, humillada, se calzó unas sandalias altas e intentó dos pasos de cumbia que había visto hacer a un gordo enorme en un programa de música tropical una siesta. Parecía que o pisaba huevos o mataba cucarachas: debía adquirir gracia al bailar con urgencia. “Cuando yo nacía, reventó una estrellaaaa…” cantaba Lily al otro lado del baño con el karaoke que se había bajado por el E-Mule en la computadora mismísima de Caty, en la que Lily escribía con un solo dedo porque mucho no entendía del asunto. Los albañiles le gritaban: “¡¡Brava!! ¡Muuuñequita!” Caty se echó a llorar de envidia, sentimiento que rechazaba de sí y la avergonzaba, pero al pan pan y al vino vino. ¡La hermana tenía unas piernas larguísimas que le nacían en la cintura! Y el cabello renegrido y brillante, hasta la cintura, y nunca nunca había usado siquiera acondicionador para desenredarlo. Y ella, la pobre Caty, tenía esas crenchitas recién nacidas de sobreviviente de Auschwitz. Qué desastre. “Los amores de Petrona”, cantaba la bravísima, la bellísima Lily, “fueron una exhalación…” Los albañiles bailaban entre ellos. Caty deseó, en toda su maldad, que los despidieran a todos, que los dejaran en la calle ese mismo día con una mano atrás y otra adelante. “Los amores de Petrona/ son una murmuración”. ¿¡Dónde estaba el capataz, por amor de Dios?! Caty se acercó con disimulo a la computadora para apagar el karaoke y terminar con todo el asunto del carnaval en casa, pero justo cuando iba a hacerlo vio que el cartelito de Facebook titilaba; miró por arriba y abrió el mensaje que le llegaba. “Te sigo queriendo. No puedo olvidarte, Martín”. El tarado, el amor de su vida, el hombre más cerdo del mundo, le escribía. Caty fue hasta el switch de la luz, bajó las palanquitas y cortó la luz de toda la casa, del palier, el ascensor y medio edificio. C’est fini.

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