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25.07.2012 | Especial

Eva y la moda: una mujer con sello propio

Es algo efímero, generalmente acusado de banalidad, pero alude a lo esencial: el vestirse trasciende a la persona, la identifica, la refleja y la incluye en el mundo. Eva Perón no fue ajena a esta realidad y su estilo –admirado y cuestionado por igual- fue, es y seguirá siendo motivo de análisis y debate. Un recorrido por su vida a través de sus prendas.

Gabriela Zanguitu
gzanguitu@agea.com.ar / @gzanguitu
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Esposa. Actriz. Política. Hija. Hermana. Compañera. Eva fue Eva y fue Evita. Fue la mejor y la peor. Fue  amada y odiada con la misma intensidad. Admirada, imitada y denostada de manera permanente y por cada uno de sus actos, por cada una de sus palabras. Eva fue una y fue muchas a la vez. Pero fue, ante todo, mujer. Y esta dualidad que marcó su vida, sumada a esa feminidad inevitable, natural, que poco sabía de impostaciones y mucho tenía de elegancia innata, también fue parte de su estilo y de su vestuario.  

El intricado juego de las apariencias, en el que el sistema de la moda y sus significados es protagonista principal a la hora de transmitir sentido, es en el que Eva se sentía más a gusto. Ese complejo y delicado mecanismo de colores, formas y texturas fue su gran apoyo y su mejor arma para ser ella. Para ser todas.

Eva, la chiquita

Ahí está, sentada en el cordón de adoquines en la puerta de su casa. Ahí está. Soñando, imaginando cómo será la vida afuera de Los Toldos, su pueblo, su mundo. Ese mundo del que ya espera, algún día, poder salir para encontrarse con eso que le muestran las revistas: el lujo, el brillo y el glamour de las estrellas de la radio y el cine.

Las fotos muestran una niña Eva menuda, de cabello oscuro y melena al hombro, siempre con sus vestidos más lindos y mirando a cámara en pose, enigmática, con una media sonrisa que mucho dice y más oculta.

Apenas promediando su adolescencia, no preocupa demasiado cómo ni por qué, se corrió del sueño de las calles de tierra y las tardes eternas y llegó a su meca. A su Buenos Aires deseada. “(…) metió un día sus pocas y usadas pilchas en la pequeña petaca de cartón prensado con punteras de duro cuero y, al otro día, también sin mirar atrás, con su gastada pollerita a cuadros, con su mil veces lavada blusa blanca, con su pequeña boina (…), se trepó al enorme tren (…); los tacos altos torcidos de los zapatos blancos, heredados de su hermana telefonista, se trabaron en el primer escalón como mirándola a pensar de nuevo en su partida”, describe –en su libro- el modisto Paco Jamandreu.  ¿Cuánto hay de mito y cuánto de realidad en esto? No es importante. Lo que sí importa es que de todo el enredo de recuerdos y sensaciones, ya la ropa ocupaba un espacio central.   

Eva, la actriz

Ya instalada en la gran ciudad, primero fue modelo. Por esas cosas de la vida, Damas y damitas, El hogar y Para Ti, todas esas revistas que tanto le gustaban de chica, ahora la tenían sonriendo en sus páginas como figura central. Así hasta fines de la década del '30 cuando, apenas cumplidos los 18 años, consiguió sus primeros contratos en radio. De ahí al cine, sin escalas. Como toda dama del espectáculo que se precie de serlo, en esta etapa Eva fue glamour casi al exceso: cuanto más cerca de las divas del séptimo arte, mejor.

Es el momento en que, despegando de a poco en esa vida que tanto había soñado, comienza a vestirse en reconocidas casas de diseño nacional, siempre respetando los cánones de la época y atendiendo a todos los detalles. “Conocí a Eva Perón justamente un sábado (…). Era el año 1944 (…), eran las 18 horas de un sábado de abril. La mujer rubia, de piel increíble, con altos zapatones de plataforma de corcho, pantalones de raso artificial anchos y blusa, con moño chico en el cuello, debía ser mucho más audaz ambiciosa y atrevida que yo (…). Allí delante de mí, con un seco ´pase´ y una mueca que quería ser sonrisa, estaba Eva”. Así describe el diseñador Paco Jamandreu su primer encuentro, el que fue el inicio de una relación que superó, ampliamente, la de modisto-clienta.

Pero, tal vez, el que sea el mejor legado de este período es su color de pelo: “Ella es rubia desde que es actriz, ahí adopta este estilo que es muy hollywoodense”, afirma el doctor Gabriel Miremont, curador del Museo Evita.   

Eva, la política

Estos siete años de su vida fueron, definitivamente, los más importantes en todos los aspectos. Vestirse –o “lookearse”, en palabras del siglo XXI- es un complejo simbólico no azaroso que la Duarte entendió muy bien. “Era muy inteligente, muy viva, al elegir lo que se ponía y cuándo se lo ponía. Eso era, para ella, sueño hecho realidad, explica Miremont. Y agrega: “En estos siete años de vida pública se propuso reflejar un modelo de país a través de la ropa: un país joven, pujante, moderno, actual y con poder adquisitivo”.

El estilo del año 1946, cuando Eva sube al poder junto con Perón, era el mismo que se usaba durante la Segunda Guerra Mundial. “Las mujeres vestían hombreras muy marcadas, peinados a "lo Pompadour" con "banana" encima de la frente y rizos casi pegados al cuello; se imponían los sacos de corte masculino, las faldas tubo hasta la rodilla, los sombreros muy simples y los zapatos de tacón medio con boca de pez. En resumen, era un estilo muy despojado y carente de elegancia debido a las limitaciones en las importaciones durante la Guerra”, detalla el profesor de Historia de la Moda, Carlos Aguirre Saravia.

Paula Naletoff, Henriette y Bernarda eran las tres casas más reconocidas de alta costura de Buenos Aires. Para nada ajena a las tendencias, a ellas llegó Eva, como reciente esposa del Presidente de la Nación. Atenta y cuidadosa, siempre acompañaba sus equipos con sombreros de  Casa Giulia y Rosé Descat y agregaba detalles (plumas o flores) a los accesorios y las prendas.

Los zapatos eran un capítulo aparte: llegó a tener casi 200 pares. Clásicos o de trabajo, si bien era extraño ver sus piecitos talle 36 debajo de los 11 centímetros de taco, también usaba sandalias de yute con plataformas y mocasines. Los de franceses de Peruggia y los nacionales de Casa Miguel, Mc Taylor y Maggio&Rossetto fueron sus favoritos.

El viaje a Europa del ’47 cambió todo. “Eva volvió con un sentido de la moda exacerbado, se alejó del estilo ‘overdressed’, se despojó de lo excesivo”, analiza el curador del museo. Es que nada es casual y en febrero de ese mismo año Christian Dior había lanzado al mundo su New Look inspirado en los vestidos del Siglo XIX. Aguirre Saravia aporta los detalles: “Volvían las faldas muy largas y amplias con metros y metros de tela, lo suntuoso y femenino, la "mujer-flor". Los escotes son en forma de corazón o "espejo", los tacos altos y finos, los sombreros enormes o pequeños (casquettes), los tapados forrados de seda muy largos, los peinados son altos o las melenitas se llevan muy cortas. Dior le devolvió a la mujer la feminidad perdida durante décadas y, justamente, ahí estaba Eva como primera dama: fue el momento perfecto para su cambio”. Un cambio que llevó al propio diseñador francés a afirmar que "He vestido a reinas, princesas, estrellas de cine, pero la Reina más grande de todas fue Evita".

Eva, la múltiple

“Era moderna para vestirse, pero no era –como diríamos hoy- una “fashion victim”. Para ella la moda era un medio para difundir, para comunicar. Eva era, ante todo, una mujer práctica que vestía tailleurs o soleros cuando trabajaba, y sus  mejores galas cuando era la esposa del presidente”, cuenta Gabriel Miremont.  

Es que Evita representó mucho más que "a la mujer argentina”. “En realidad ella fue la única, en el  mundo, que impuso el rol actual de la mujer: femenina, bella, arreglada, elegante, perfecta modelo para Dior, con carácter, más hábil que el hombre en tantas cosas. Y esto, en un país machista como Argentina, es digno de admirar”, dice, contundente, Aguirre Saravia. Pero ella iba un paso más allá de una postura feminista y combativa sin sentido: “Eva proponía, desde su vestuario, a una mujer complementaria pero no opuesta al hombre o en lucha con él, como Coco Chanel. Entró al mundo masculino desde lo femenino, no fue en contra, se sumó al hombre. Ante todo, quería ser el orgullo de su marido”.  


Amada y odiada con similar intensidad. Combatida e imitada. Ese complejo y delicado mecanismo de colores, formas y texturas llamado moda fue su gran apoyo y su mejor arma para ser ella. Para ser todas.


Agradecimientos: Profesor Carlos Aguirre Saravia, Escuela Argentina de Moda y Gabriel Miremont, Museo Evita.

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