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29.06.2012 | Guardiana del medio ambiente

“No me imagino fuera de la selva”

Alejandra (52) vivió toda su vida en Lomas de Zamora. Desde hace diez años reside en plena selva misionera, junto a su compañero, a cargo de una reserva natural.

Laura Dodyk / Especial. Clarín MUJER
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Pleno mediodía en el corazón de la selva. Si quisiéramos comprar algo tendríamos que hacer 25 km hasta la ciudad más cercana, San Pedro, a su vez a 251 km de Posadas, la capital de Misiones. Todo lo que se extiende a nuestros pies son 400 hectáreas de selva paranaense protegida que parece dormir al fulgurante sol de las 12. Pero como en un cuento de Horacio Quiroga, la vida acá no descansa nunca. Alejandra Fariña (52) nos enseña a agudizar los sentidos para oír el rumor de los picaflores que surcan el aire para detenerse ante el néctar de las heliconias rojas. Destellos de color azul metálico titilan en el abrir y cerrar de las alas de unas mariposas enormes. Un árbol con un tronco de tres metros de diámetro deja adivinar entre sus ramas la silueta de un pájaro: el tingazú o “alma de gato”, que vuela hasta perderse en las ramas más altas con movimientos felinos de su larga cola.

En este lugar salvaje cualquiera esperaría encontrarse con un guardaparques o un colono, pero nos recibe esta mujer sencilla y alegre con una voz que enseguida se vuelve familiar. Camina por el sendero que une su casa al quincho acompañada por sus dos perros, sonriendo con el sol que le destaca los ojos verdes. Está vestida de forma simple, con detalles femeninos y un par de botas de goma para poder andar segura entre tanta vegetación.

Atenta a todo lo que pasa, a todo lo que palpita en el ambiente, nos hace notar la presencia de unos pájaros azules entre los cítricos que rodean al quincho, a muy pocos metros de nosotros: “Miren a las urracas, son unas confianzudas”. Alejandra es una mujer común, afable, con la que dan ganas de ponerse a charlar. Es inevitable preguntarse qué hace una mujer así, sola, en medio de la selva.

Un cambio de vida

Diez años atrás, Alejandra vivía en Lomas de Zamora. Pasó como vendedora por distintos comercios y después se empleó en una empresa para hacer tareas administrativas. Por esa época conoció a Martín, que se convirtió en su compañero de vida, y que en ese momento estaba emprendiendo un proyecto de conservación en Misiones.

Con el fruto de su trabajo, y dándole forma a su proyecto, Martín adquirió unas 400 hectáreas de selva pertenecientes al Corredor Verde, un mosaico de áreas protegidas. Alejandra nunca había estado en la selva. “La conocía sólo por películas”. Y un día, inolvidable para ella, “hizo pie”. “La primera vez que conocí el lugar quedé enamorada. Si tengo que explicar qué me pasó, qué sentí al venir acá, mi respuesta es: descubrí otro mundo. Un mundo que amé instantáneamente y para siempre”.

Alejandra y Martín bautizaron a la reserva como “Yaguaroundí” por el nombre con que los guaraníes llamaban al gato moro -un raro felino de pelaje pardo- y se quedaron a vivir ahí para protegerla de la deforestación y los cazadores furtivos.

“Mi vida cambió radicalmente”, dice sonriendo. Dejó de lado las comodidades de la ciudad, su trabajo y el contacto cotidiano con los seres queridos de toda la vida para involucrarse en actividades y situaciones completamente diferentes a las que estaba acostumbrada.

Desde el momento en que se mudó a la reserva aprendió a cuidar el medio ambiente de una manera directa. El olfato, que en la ciudad no cumplía una función trascendente, ahora le sirve para saber si hay fuego en las chacras vecinas; el oído, acostumbrado a los sonidos urbanos, ahora detecta, por ejemplo, los disparos de cazadores. Pero eso no es todo. También se dedica a atender al turismo que llega hasta la reserva. Por lo general, se trata de investigadores, estudiantes de la carrera de guardaparques, fotógrafos de naturaleza y avistadores de aves. “No es un público masivo, pero el que viene acá sabe lo que busca. Tranquilidad, no escuchar otra cosa que los pájaros y el murmullo de una cascada”.

Una forma de vida

Cada tanto, Alejandra viaja a Buenos Aires para reencontrarse con su familia y amigos. Pero asegura que inevitablemente, cada vez que se aleja por varios días, siente una nostalgia inmensa por Yaguaroundí, y se le iluminan los ojos cuando lo dice. “La verdad, no extraño la ciudad. Yo estoy acá porque me enamoré”. Y se puede dar fe de ello con solo escuchar el entusiasmo con el que describe la belleza del paisaje. “No existe nada mejor que despertar cada día con el canto de los pájaros”. El relato abarca todas las horas del día. Asegura que, en todo caso, esa felicidad puede competir con la de “dormirse escuchando las ranas”. Pero su catálogo de experiencias y emociones es ilimitado, y va desde descubrir los cambios más sutiles o los más evidentes de la naturaleza, a través del correr de las estaciones, hasta la sorpresiva aparición de algún oso hormiguero. Incluso las cosas que podrían asustarla, como una serpiente yarará, le provocan un respeto inmenso. “No tengo miedo de estar en la selva, para nada. Me he quedado ocasionalmente sola durante varios días acompañada nada más que por mis perros y lo que siento es plenitud”.

La lección de cada día

Alejandra encara cada día como un aprendizaje. “En todo este tiempo la selva me cambió mucho como persona. Aprendí a valorar cosas que antes no percibía, y sobre todo a dejar de quejarme.” Cuenta cómo le costó durante los primeros meses acostumbrarse a no tener la facilidad de ir a comprar lo que necesitaba a un almacén, o al quiosco de la esquina, como en la ciudad. Olvidarse de comprar algo significaba tener que volver a viajar una buena cantidad de kilómetros, por lo que aprendió a conformarse con lo que tenía en un proceso de adaptación constante.

Otras veces, por causa de las fuertes lluvias, Alejandra y Martín quedaban incomunicados durante semanas. No podían ir a ningún lado, tenían que esperar el mejoramiento del clima. Pero lejos de fastidiarla, estas situaciones la fueron amoldando a una dinámica nueva, a otra vida. Cuenta que así, de a poco, fue comprendiendo lo feliz que se podía ser aún sin aquellas cosas que antes consideraba indispensables. “Es difícil de explicar, pero sinceramente, ya no me imagino fuera de la selva. Tal vez hay que estar aquí, quedarse un tiempo y respirar, mirar, para sentir y entender lo que yo siento”.

Convencida de que su trabajo como protectora de la biodiversidad paranaense no estaría completo si no tuviera la posibilidad de difundirlo, Alejandra buscó la forma de hacerse oír.

Días de radio y selva

Ella sostiene que es imperativo “transmitir conciencia ecológica para mejorar la calidad de vida”. Y eso es lo que hace: transmite. “No sólo para conservar la belleza de animales y árboles en peligro de extinción, sino también para enseñar que la salud de la tierra refleja y alimenta la salud de los seres humanos”. Su manera de llegar con este mensaje es “Verde Profundo”, su programa de radio. “Siempre soñé con hacer radio”, confiesa con una voz cálida y entradora. “Intento hacer un programa distinto a los que se pasan por las emisoras locales. Trato de transmitir mi amor por la naturaleza, leo alguna leyenda guaraní, artículos sobre temas ambientales que afectan al país y al mundo”. “Verde Profundo” lleva dos años en el aire y va los sábados de 15 a 17 (se lo pude escuchar online).

Además, con Martín, desarrollan actividades solidarias en la ciudad San Pedro, repartiendo donaciones de alimentos, calzados, ropa y material didáctico que reciben desde Buenos Aires. También cuenta con el apoyo de la Asociación Civil Corredor Verde de Toulouse, Francia, interesada en la defensa de la selva misionera, las comunidades aborígenes y las escuelas rurales. La asociación trabaja para que ellos dos puedan continuar su tarea, ayudando a las colonias nativas y manteniendo la reserva. Los guía un lema simple: “Es importante proteger los últimos pulmones de la tierra”.


Reservorio genético. La selva Paranaense argentina cuenta con más de la mitad de las especies de animales y vegetales de todo el país. Solamente en la reserva de Yaguaroundí se han registrado más de 121 especies de aves, 30 de mamíferos y 94 arbóreas. Su fundador, Martín González, advierte: “Es un reservorio genético que fue reducido y atacado de manera irreversible. Ya no hay margen para explotar el bosque o seguir expandiendo el cultivo. Hay que salvar a la selva”.

Áreas protegidas. El llamado Sistema de Áreas Protegidas de Misiones es una unidad territorial en la que se procura preservar el tesoro natural que es la selva paranaense. Está integrado por los Parques Provinciales Yacuí y Urugua-í, Esmeralda, Moconá, Salto Encantado y Cuña Pirú, el Parque Nacional Iguazú y reservas privadas como Yaguaroundí.

En la radio. El programa Verde Profundo se puede seguir los sábados por Internet: www.fm897aries.com.ar

Información sobre la Reserva Yaguaroundí: www.yaguaroundi.com.ar

 

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