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05.10.2012 | Según el pediatra…

¿Qué tan insoportable sos como mamá?

La cuestionadora, la mamita, la hipocondríaca, la primeriza… Un libro refleja, con humor, la compleja relación que tenemos con los médicos de nuestros hijos. ¡Buscate y reíte de vos misma!

Beck y Fainboim
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La verdad: así como los pacientes, en general, eligen al médico, el médico también elige a los pacientes. Acá describiremos algunos tipos de madres, de esas que los pediatras soportan con temple y valor, sí, pero que, finalmente, son los que ellos mismos decidieron dejar pasar a su consultorio.

Vale aclarar que ninguna madre debe cumplir necesariamente con todas las características de cada uno de los ejemplares, sino que puede reunir características de todos o bien de algunos. Lo único seguro es que algo de ellas tiene.

La insistente. Es una de esas que no se detiene ante nada. Quiere consultarlo ya y quiere que diagnostique a su nene ya. Ahora mismo. Y si no se puede, entonces dentro de cinco minutos va a llamar de nuevo. Le da el antitérmico y si no le baja la temperatura a los diez minutos, es capaz de reclamarle al pediatra la falta de efecto del medicamento. ¿No hay uno más poderoso?

La tímida. Al contrario del espécimen anterior, a esta madre el pediatra le tiene que sonsacar las dudas. Es que ella no se anima, tiene miedo de molestar, de hablar de más, de quedar como una tonta, o como una pesada, o como una “mala madre”, de que el nene se porte mal, de que la secretaria la odie por llamar a esa hora, de que el pediatra no la quiera atender y así. A veces prefiere llevarlo a la guardia antes que “molestar” al médico.

La cuestionadora. Nunca está convencida con lo que le dice el médico: cuestiona desde la necesidad de darle flúor al bebé hasta la dosis de antibiótico para una otitis. Sus frases se inician siempre con un “pero… ¿por qué...?”. Es de esas que preguntan “¿lo miró bien?”, al instante en que el médico retira la “linternita” del oído del nene, o “¿lo escuchó bien?”, en el mismo momento en que el pediatra necesita silencio porque está auscultando a su hijo.

La ocupadísima. Llama para contar que el nene tiene fiebre, mocos y tos, pero cuando el pediatra le pide que lleve al paciente al consultorio para revisarlo, ella no puede porque está en la calle, en el Centro, en una reunión, lejos de casa. Reclama diagnósticos telefónicos rápidos, cuando no lo hace por mensaje de texto o e-mail (“¿no me puede mandar la receta por fax o por e-mail?”, es capaz de pedir).

La sipediatrista. Es la contracara de la cuestionadora. Es aplicadísima. Sigue todas las instrucciones al pie de la letra. Llama al pediatra ante cada duda, así sean médicas, psicológicas o escolares. Puede preguntar igual cuántos mililitros de ibuprofeno tiene que darle al nene con fiebre, a qué hora es mejor que haga la tarea, o si las zapatillas Topper son mejores que las Reebok para hacer gimnasia.

La psicóloga. Su profesión las une en el oficio de ser, a la vez, condescendientes y sobreprotectoras, una combinación que, aplicada en hijos, resulta explosiva. El pediatra recibe niños con muy pocos límites, que creen que es normal, por ejemplo, desayunar diariamente helado con galletitas Oreo o que todos los nenes se van a dormir a la hora en que los vence el sueño después de pasarse cuatro horas mirando televisión.

La empalagosa. Es amorosa con sus hijos, amable con las secretarias y con el médico. Siempre lleva consigo algún presente para el médico y para sus asistentes y convence a sus hijos de que hagan lo propio, con lo cual, el pediatra ya acumula cientos de dibujitos y artesanías realizados obligadamente por los hijos de esa madre.

La primeriza. Lo que la caracteriza, básicamente, es su duda permanente y su fragilidad a la hora de escuchar comentarios ajenos. Su falta de experiencia en la maternidad y la necesidad imperiosa del universo de mostrar sus conocimientos sobre ella hacen que esta pobre madre absorba como una esponja las indicaciones, sugerencias y consejos brindados gratuitamente por el taxista, la tía Coca o el pediatra.

La mamita. No necesariamente el “mamita” denota juventud. Es que su pronunciación se parece más al piropo dicho por un obrero de la construcción que a una descripción de una madre que acude a un profesional de la salud para que revise a su/s hijo/s. Los doctores esperan con ansiedad la visita de esta madre. Ella, por supuesto, conoce sus encantos y los utiliza para sacar provecho. Y pecho, claro.

La abuela. Es una madre, sí, pero no del o de los pacientes, sino de la madre de ellos. Resulta que es una asidua concurrente al consultorio del pediatra, ya sea para acompañar a su hija y nietos o para reemplazarla en algún caso. La mayoría están muy seguras acerca de cómo deben ser las cosas y son capaces de debatir largo y tendido con el pediatra.

La hipocondríaca. Esta mamá tiene un problemita: encuentra enfermedades en sus hijos todos los días y muy pocas veces se da cuenta de que los chicos están saludables. Es capaz de mandar un mensaje que diga: “Tiene 36,8 en lugar de 36,6, ¿le doy antitérmico?”


Extractos del libro “¡Auxilio, somos padres! Manual para no enloquecer (al pediatra)”, de Ingrid Beck, periodista, madre y directora de la revista Barcelona, y Alejandro Fainboim, médico pediatra del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Editorial Sudamericana.


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