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15.12.2011 | En el Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano

Mujeres emergen detrás de los muros

Desde hace seis años, un grupo de voluntarias de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA lleva adelante el taller "En Polleras", que busca reconectar a las internas con su historia y revincularlas con "el afuera". En noviembre concretaron un anhelo: salir del hospital con sus alumnas. Esto significó para varias de ellas la posibilidad de dejar la institución por un rato en meses, años. Entremujeres las acompañó en esta experiencia.

Sabrina Díaz Virzi
sdiazvirzi@agea.com.ar / @sabridiaz
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Estaba nublado pero hacía calor. Las internas del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano deambulaban y dormían en los extensos parques que rodean los pabellones. Todavía no eran las tres de la tarde y, como cada sábado desde hace seis años, un grupo de voluntarias de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) llegó al lugar para llevar adelante “En Polleras”, un taller de expresión e integración comunitaria que busca reconectar a las chicas con sus historia y revincularlas con “el afuera”. Durante este tiempo, alrededor de cien mujeres escribieron poesías, bailaron tango, pintaron cuadros, crearon máscaras y leyeron diarios. Como parte de la actividad, durante 2011 construyeron una huerta que les dio la posibilidad a varias de ellas de salir del hospital por un rato, después de varios meses, años.

“Ya estoy lista”, anunciaba Sandra. “¿Vamos a merendar?”, consultaban algunas. “¡Uy! Yo me había quedado dormida”, reía Andrea, una de las doce alumnas del taller que recibieron la autorización médica para participar de la actividad fuera de las instalaciones del hospital.

La vista clavada en las ventanillas y algunos murmullos de conversaciones en voz baja acompañaron el trayecto hasta la Facultad de Agronomía, donde se desarrollaría el Tercer Encuentro de Huertas Urbanas, organizado por el Programa de Extensión Universitaria en Huertas Escolares y Comunitarias (PEUHEC), que reúne a proyectos como el de una escuela de educación especial o el de un hogar de ancianos y colaboró activamente en el armado de la huerta del Moyano.

Durante el año, las chicas aprendieron a preparar la tierra y a sembrar y cosechar frutas y verduras en una parcela pegada al Club Bonanza, donde cada sábado asisten al taller. Una lata de arvejas agujereada y una botellita sirven semanalmente como regaderas de “Cualquier verdura”, el nombre elegido por votación para este proyecto conjunto, dejando atrás “El espantapájaros”, “La huerta del valle” y “De la cueva” (“porque es un lugar secreto”, aclaraba una de las chicas).

Después de la bienvenida, un “boleto de tren” habilitaba a cada participante a explorar las distintas posibilidades que brindaba el taller de propagación agámica en Agronomía, que ahondaba en cómo crear nuevas plantas a partir de otras ya existentes. “Corté el tallo, hice un agujero y lo puse ahí. También armé una batata para la huerta”, se entusiasmaba Mariana, mientras Gertrudis comentaba que plantó una rosa y una lavanda. Sandra, acompañada por sus hijos, armó con ellos varios plantines: “Un aloe vera, una caléndula, una frutilla y otra lavanda”.

La huerta es una excusa más para escarbar entre sus recuerdos y experiencias, en un proceso que, con la ayuda de las estudiantes y profesionales voluntarias, las ayuda a resaltar su individualidad día a día. “Mi papá sembraba batata, mandioca y algodón para vender. Vivíamos en Chaco”, contaba Ramona, mientras Eva anunciaba que, inspirada por este proyecto, se compró una alegría del hogar para tener en su habitación.

“El objetivo es devolverles ‘la humanidad’ de la que son despojadas al ingresar en una institución total, como lo es un hospital neuropsiquiátrico”, indicó la socióloga Bárbara Bufano, una de las voluntarias. Brenda Gutiérrez, también socióloga, especificó que buscan “mejorar su calidad de vida, tanto en lo que hace a cuestiones de cuidado personal como a la potencialidad de su intelecto, la incorporación de nuevos conocimientos y la recuperación de conocimientos previos a su internación”.

Mientras algunos estampaban sus manos en una bandera conjunta, otros picaban algo de la merienda: “Vi mucha gente que no conocía de distintos lugares. Me gustaría estudiar y participar como ellas”, reflexionaba Mariana sobre el encuentro de huertas en Agronomía.

Llegó el momento de compartir experiencias a través de los stands de cada grupo e intercambiar parte de la producción de las huertas. Algunos regalaban semillas; otros, pequeñas plantas de menta. Desde “Cualquier verdura”, el obsequio era un colorido calendario de siembra hecho a mano con témperas y hojas secas del propio jardín que una de las voluntarias, la politóloga María Florencia Dotta, entregaba a cada visitante.

En Polleras” acaba de lanzar el quinto número de su revista anual, donde comparten textos, dibujos, fotos y más impresiones de lo que se vivió durante 2011 en el taller. Allí se pueden leer historias de vida como la de Elsa (“Cuando entré tenía 33 años, hoy tengo 66. En ese tiempo, entré y salí. Tuve que volver porque me sentía mal y porque no tenía vivienda, una casa donde sentirme segura”) o la de Nora (“Yo trabajé siempre, hacíamos teatro, folklore y apoyo escolar. Pero, una vez que falleció mi mamá, ya no pude continuar con eso, me agarró un cuadro de depresión muy grande”). Todas las ediciones están disponibles en su blog, donde también está su contacto (enpolleras@yahoo.com.ar).

Las publicaciones, la biblioteca (con más de 500 ejemplares disponibles para las alumnas), la huerta y el taller en general son solventados principalmente con donaciones y el esfuerzo de las voluntarias. En 2007 y 2011, además, el proyecto fue reconocido y financiado por el Programa de Voluntariado Universitario de la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación de la Nación.

“Me encantó el viaje, estuvo hermoso. ¡Pero no cantamos! Ahora tenemos que cantar La Felicidad”, anticipaba Mariana. Y ahí nomás llegan Sandro, Rodrigo, Gilda, Soledad y hasta Attaque 77. “Estoy vencido porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar. Soy el remedio sin receta y tu amor mi enfermedad…”, entonaban las chicas, llenas de energía y entusiasmo, durante el viaje de vuelta.

Porque las paredes pueden aislar mucho más que al cuerpo físico. Pueden dejar sin abrazos y caricias, sin palabra y sin voz, sin lazos y vínculos con el “afuera”. Las voluntarias y las alumnas de este taller buscan, cada semana, derribar algún ladrillo que les permita sentirse más cerca de sus sueños, de sus esperanzas, de sus vidas.

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